EL FONDO DE LA MENTE

EL FONDO DE LA MENTE
Allí, precisamente en los rincones más recónditos de las circunvoluciones cerebrales se ocultan miles, millones de fenómenos químicos, que dan origen al pensamiento. Todos los pensamientos reunidos, a veces ordenadamente y otros en forma caótica, constituyen lo que se ha dado en llamar la mente. Del fondo de ella suelen escaparse, de tanto en tanto, cortocircuitos, a los que convencionalmente hemos decidido darle el nombre de ideas y ellas originan historias, pensamientos, razonamientos y toda la parafernalia semántica que el ser humano ha inventado para explicar todo aquello que no entiende. De ese fondo de la olla vienen estas narraciones que le dan forma a un blog que es solo de lectura. Un equivalente al libro que hasta ahora no he podido publicar. Que no sé si merezco publicar pero que me gustaría poder hacerlo. A algunos les podrá agradar, a otros no. Es absolutamente lógico y aceptable, pero, como todo libro, vuela de mis manos y cada cual en su intimidad dirá que bueno o que porquería que escribió este tipo. Genial. Así es el juego. Aquí está expuesto y no pido contemplaciones ni amiguismos. Sean honestos que esa es la mejor ayuda que cualquiera puede recibir.

miércoles, 21 de enero de 2015

UNA HISTORIA OLVIDADA

UNA HISTORIA OLVIDADA


Estiró el brazo cuanto pudo en un intento vano de detener el estridente sonido del despertador.
Siempre lo sobresaltaba.
Llevaba más de 15 años cumpliendo la misma rutina y todavía no se acostumbraba.
Se sentó en el borde de la cama, localizó el implacable artefacto, tanteó la perilla de la izquierda y la movió casi con desesperación.
Su mujer se arrebujó, aprovechando el calor que su cuerpo había dejado, suspiró con fuerza y continuó durmiendo. Todavía faltaban dos horas para que los chicos se levantaran para ir a la escuela.
Puso la pava a fuego lento y se fue a lavar.
El agua fría lo terminó de despabilar.
Mientras se cepillaba los dientes miró su imagen reflejada en el espejo.
Sonrió.
La barba de dos día le sombreaba el mentón. Más que sombrearlo lo agrisaba. Pero todavía podía tirar unos días más. Tal vez si el domingo salían, entonces sí. Ya vería.
Casi en puntas de pie fue hasta la cocina. La pava como siempre estaba a punto. El agua caliente pero sin hervir. El mate normalmente lo dejaba preparado desde el día anterior para no perder tiempo.
Hacía frío.
Este invierno anunciaba unas temperaturas muy bajas.
Lindo para tomar unos matecitos calientes a las cuatro de la mañana.
Miró por la pequeña ventana que daba al patio. Era noche cerrada. Sin luna.
El trabajo quedaba a unas veinte cuadras. Antes las hacía en bicicleta. Pero se la robaron. La dejó en el galponcito, como de costumbre, y cuando fue a buscarla, al día siguiente, ya no estaba.
Desde entonces caminaba.
Mejor. Caminar es bueno para la salud.
Él era así. Vivía en positivo. Siempre trataba de encontrarle el lado bueno a las cosas. No valía la pena amargarse. Todos lo querían y respetaban. Había ayudado a muchos de sus vecinos y, en muchas oportunidades, hasta venían a pedirle consejos.
Era su forma de ser.
Cuando le pidieron que fuera delegado no aceptó. No... Esas cosas no eran para él... Aunque a veces era mucho más coherente su opinión y le hacían más caso que a los propios representantes.
A Gregorio Perotti lo conocía desde chico. Hijo de un tano laburador había heredado el tesón del padre y poco a poco había formado una pequeña empresa que hoy ocupaba a más de treinta operarios.
El tano, como le decían, siempre había dado el ejemplo. Era el primero en llegar, conocía cada una de las máquinas que con esfuerzo había ido comprando, y tenía la capacidad de discutir con empresarios más gordos para mantener funcionando el negocio.
Eran tiempos difíciles. Claro que sí. Las pequeñas industrias se veían jaqueadas por la importación incontrolada. Pero Gregorio luchaba a brazo partido.
Y él estaba a su lado.
Nunca podría olvidar cuando su mujer se enfermó y el propio Tano, en persona, fue a verla y hasta la hizo atender por su médico particular. Y no dejó de preguntarle hasta que estuvo repuesta.
Eso se reconoce para toda la vida.
Como cuando apareció ese grupo de muchachotes, enmascarados, con la intención de secuestrarlo. Él se metió en el medio para explicarles que estaban equivocados. El patrón era uno de nosotros. Había peleado desde abajo, con mucho esfuerzo. La pucha si él lo sabía. No era justo ni lógico pensar que era un enemigo sólo por que tenía una empresa, pero que, en realidad, era parte de todos.
Eso no era defender al pueblo. Seguro había una equivocación.
Todos sabíamos donde estaba la corrupción... No acá... No en el Tano...
Cada vez que recordaba aquel episodio, casi sin querer se tocaba la frente donde una cicatriz mostraba el sitio donde había recibido el culatazo. Siete puntos le había dicho el médico.
Suerte que otro de los operarios había podido avisar a la seccional que quedaba cerca y cuando  se escuchó la primera sirena los tipos rajaron sin poder hacer nada.
Ese episodio lo confundió un poco. 
El siempre había apoyado a los grupos de lucha. Hasta en alguna oportunidad, y a pesar de las protestas de su familia, había ocultado y curado a un chico que había encontrado  herido en la puerta de su casa.
Entendía, o creía entender, que eran grupos que peleaban en contra de la opresión. El gobierno de facto no era el gobierno del pueblo. Eran patriotas arriesgando la vida por  su país. Pero al atacar a uno de los propios... por el simple hecho de tener mas guita, pero por esfuerzo propio... Algo no cerraba.
Claro, seguro que tenían una información equivocada... si eso era, una información equivocada, nadie puede ser tan estúpido o fanático como para no poder ver ese tipo de cosas.
En fin.
Miró el reloj que estaba sobre la heladera. Aún faltaban unos minutos.
Fue al baño.
Silenciosamente besó a su mujer que seguía profundamente dormida, hizo otro tanto con los chicos. Arropó al varón que, como siempre, daba tantas vueltas que terminaba totalmente destapado. Se colocó el gabán y se dispuso para una nueva jornada.
Cerró la puerta con cuidado.
Metió las llaves en el bolsillo trasero izquierdo.
Se levantó el cuello del abrigo. La respiración, con el frío de la mañana, provocaba nubes de vapor. Le gustaba jugar con eso. Soy un dragón, pensaba, como el del cuento de los chicos, y saco bocanadas de humo cuando quiero. Y aceleraba o disminuía su respiración jugando con los efectos que ello producía.
Ya tenía calculado el tiempo. Caminaba a un ritmo no muy rápido pero sostenido y eso le permitía llegar unos minutos antes del horario de entrada.
Como todos los días caminaba tarareando para sus adentros una canción. Cualquiera. Se le solían pegar tonadas de moda y las repetía inconscientemente.
Era feliz... ¿Era feliz?... Y si...  No podía pedir más. Tenía una familia que lo quería. Una mujer trabajadora que se preocupaba por dos hijos que eran una maravilla. Tenía amigos y un trabajo que le gustaba. Era respetado porque respetaba a todo el mundo... ¿Qué más podía pretender?
Saludó, como siempre al vendedor de diarios. Se cruzó con los mismos de todos los días, que con seguridad, como él, concurrían a sus respectivos trabajos.
En algunos lugares el piso estaba mojado. ¿Había llovido anoche? Ja... Ni se había enterado.
Saltó algunos charcos y en algunos lugares caminó por el medio de la calle hasta encontrar el mejor sitio para ascender a la vereda.
Para llegar a la fábrica tenía que pasar por la zona céntrica lo que hacía que, a pesar de la hora, hubiese más movimiento.
Vio al linyera de siempre durmiendo en el umbral del edificio próximo al banco.
Había muchos autos estacionados, probablemente de los que vivían en los departamentos y que, dadas las circunstancias y al no poder pagar una cochera, los dejaban toda la noche afuera.
Una leve película blanca se extendía sobre los techos y los parabrisas.
Realmente hacía frío.
Una mujer con un bastón cruzó en diagonal hacia donde él caminaba.
Seguro va hasta el banco. Estos jubilados siempre quieren ser los primeros en cobrar. Se rió. Ya me va a tocar a mí.
Vio una Traffic blanca. Seguro la camioneta del laburo, pensó. Le llamó la atención que no tenía inscripciones. ¡Que sé yo!
Sin saber por qué, instintivamente, llevó su mano a la cicatriz de la frente.
Un fogonazo intenso alumbró proyectando sombras siniestras sobre la calle que, en segundos, explotó en múltiples sonidos de metales retorcidos y vidrios que estallaban al compás de la onda expansiva.
No llegó a enterarse. No pudo ver el espectáculo que crecía a su alrededor. No escuchó los sonidos entremezclados de hierros crujientes y voces humanas pidiendo ayuda.
Una esquirla de acero había penetrado justamente a la altura de la frente, allí donde tenía una línea blanquecina que denotaba la herida anterior.
Quedó tendido en el suelo mientras una mancha carmesí se extendía sin límites formando una aureola alrededor de su cabeza.
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Un sonido persistente lo despertó sobresaltado. Trató de extender su brazo  para detenerlo, pero no pudo... Trató de sentarse en la cama... pero no sentía el cuerpo... Comprendió que no era la alarma de su despertador... mas bien parecía una sirena... o algo así... Abrió los ojos y vio gente que corría en todas direcciones... Pensó que iba a llegar tarde a su trabajo... Pensó en su esposa que dormía plácidamente sin suponer lo que estaba sucediendo... En sus hijos que...
Se dio cuenta de lo  que ocurría y trató de entenderlo.
No importa pensó... y, aunque algo no le cerraba en todo esto, se repitió... es por el bien de la patria... Con toda seguridad nuestros hijos tendrán un mundo mejor.
Cerró los ojos... Lenta y progresivamente las imágenes, los sonidos... el dolor... fueron desapareciendo y simplemente se entregó con una sonrisa enrojecida entre los labios.


VOLAR Y VOLAR

VOLAR Y VOLAR
Cerró los ojos y se dejó llevar. Pudo sentir cuando su cuerpo se esparció por el espacio en miles de moléculas que giraban o se movían ondulantes como si flotaran en un mar infinito e inasible. Cada una de sus partículas se iban perdiendo en un azul profundo y oscuro mientras miles de diminutas esquirlas de luz atravesaban el espacio.
Se dio cuenta que estaba pero no existía. Que podía flotar ingrávidamente, elevarse hasta los rincones más insospechados y volver con un sabor a frutas silvestres, a flores extrañas que exhalaban un sutil perfume que no podía percibir, pero podía sentirlo. Sabía que ahí estaba.
Intangible, absoluto, inconmensurable su yo físico se expandía mágicamente, prodigiosamente, en estado de inconciencia/consciente incomprensible pero real.
Sabía que no estaba pasando pero sin embargo ocurría, sin el menor lugar a dudas que ocurría.
Sentía que no era, pero sin embargo el roce de unos pechos sobre su pecho se hacía presente en un estado de inexistencia desmentido por las sensaciones que lo atacaban.
Una respiración fuerte, casi un jadeo, lo envolvía misteriosamente, increíblemente. Era imposible. Cada átomo de su desmantelado cuerpo flotaba errante por el espacio, por la nada. Ilógico que algo lo envolviera, sin embargo un aliento cálido, un resoplido metódico, rítmico, lo iba acompañando acompasadamente.
Supo, mejor intuyó, que era, pero no quiso créerlo, ni siquiera pensarlo.
No pudo entender que sucedía porque esas partículas que revoloteaban, mariposas arrasadas por el viento, de pronto tomaron un color fosforescente, se juntaron formando nubes fosforescentes, la totalidad del espacio se volvió fosforescente y estalló como un volcán, lava ardiente, magma ígneo que brotaba de adentro se su ser, un ser inexistente, un yo que hacía tiempo que se había desintegrado.
El ave de las plumas carbonizadas, enjaezadas con rubicundos fulgores de extraños fuegos surgidos de la nada, extendió su vuelo y un horizonte impoluto se fue adivinando en el destino incierto del mañana.
Solo la paz, solo el gemido lánguido y placentero, solo la… solo.
…………………………………………………………………………………………………………………………………………………….
-          Doc… el paciente acaba de lleg.. uh… pobre, se quedó dormido… Y mire que cara que tiene… ju… debe estar soñando con los angelitos… que pena ¡Doc, doc, doooooooc! ¡A trabajar… llegó el turno de las diez… -
El hombre abrió los ojos pero no miró hacia ningún lado. Venía de muy lejos y estaba cansado, feliz pero cansado. Le costó acomodarse al mundo real. Fue y vino mentalmente un sinfín de veces hasta entender que tan solo había estado soñando…
¿Había estado soñando?
Se enderezó, se acomodó la chaqueta, bebió un sorbo del agua que le había traído su secretaria y fue en ese momento que sintió que algo cálido corría presuroso por su entrepierna.
Iba a ir hacia el baño cuando la Sra. Arcuetta, apareció con una sonrisa de oreja a oreja, la mano extendida, imperativamente.
No se movió. Dejó que ella llegara y le apretó con fuerza la mano, con una mueca de su boca, absolutamente profesional. Alguna vez le habían dicho que no sonreía sino que mostraba los dientes.
Luego, discretamente se dejó caer en su butaca.
Acomodó la ficha de la señora, hizo como que la leía y largó por millonésima vez:
-          Hace tiempo que no la veía por aquí. Cuénteme. ¿Qué le anda pasando a esta “niña”? –
Y ahora sí, ensayó su mejor sonrisa…



ES LA VIDA

ES LA VIDA
Era un día tórrido, de esos en que uno no encuentra un lugar donde sentirse cómodo.
Caminé por el borde de la playa, allí donde las olas mueren mansamente dejando su estela de espuma.
El sol golpeaba sobre la piel y a pesar de la gorra sentía hervir mis ideas.
Vi unos arbustos que crecían entre los médanos y me dirigí hacia ellos. La arena caliente me obligó a correr y apenas si pude llegar hasta mi objetivo. Me zambullí de cabeza en la sombra que los tamarindos pobremente me podían dar.
Me había quedado adormecido cuando unas voces femeninas me despertaron.
Pasaron junto a mí sin prestarme atención. Sus risas cristalinas iluminaban el ambiente.
Conseguí despertarme. Abrir los ojos y curioso miré a esas jóvenes que desafiaban el rigor del sol sin más preocupaciones que su alegría y sus juegos.
Y fue en ese momento en que la vi.
Los rayos del sol jugaban entremezclados con su dorada cabellera que flotaba en el viento, ondulante, al ritmo de las olas del mar.
Su cuerpo de sirena danzaba corriendo al encuentro de las olas que, dichosas, acariciaban su cuerpo, rompiendo en mil burbujas de espuma y caracolas.
Un cuerpo perfecto. Un equilibrio de formas digna de una imagen griega, Los pequeños pechos que se erguían orgullosos, seguidos de una cintura perfecta que anunciaba unas caderas suaves y armónicas.
Sus piernas largas y esbeltas se movían con la gracia de las aves en su vuelo.
Y su risa sonaba como el canto de las sirenas. Campanas delicadas y repiqueteantes, con un sonido casi obsceno, atrayente, que me envolvía y me robaba todos los sentidos.
Me quedé arrobado contemplándola. Y si crees en el amor a primera vista, pues me enamoré sin intercambiar una palabra.
Pensé en abordarla. Acercarme y decirle algo. Pero la voz se había quedado sin  sonido, la mente no trabajaba, no hubiera sabido que decir ni que hacer.
Mañana, me dije. Mañana voy caminando por la playa y le hablo. Si, seguro… mañana.
El día siguiente amaneció tormentoso. Un viento arrachado soplaba desde el norte, cada tanto alguna nube se descargaba con violencia. El mar se agitaba salvaje y poderoso.
Cuando las iras del tiempo se serenaron y volvió a asomarse el sol, prudentemente, entre unas nubes que se abrían dejando ver el cielo de un celeste diáfano, corrí hacia el lugar, pero ella no había venido, no acudió a la cita que yo había trazado en mi tonta cabeza.
No vino ese día, ni el siguiente, ni el siguiente del siguiente.
Nunca más volví a ver a la joven de mis desvelos.
Pasó el verano y la imagen, corriendo y jugando con el agua, me repiqueteaba en la cabeza. Se aparecía en las noches y me despertaba cuando oía su risa en los rincones de mi cuarto.
Sin embargo el tiempo es un bandido que te roba las cosas más queridas. Fueron corriendo los meses, los años, y la imagen fue perdiendo nitidez hasta transformarse en un dulce recuerdo del que ya ni siquiera tenía la seguridad de que fuera de la manera en que yo lo retenía.
Y un día se fue.
Años más tarde estaba sentado yo en una de las mesas que los cafés suelen poner en las calles.
Miraba distraídamente pasar a la gente. Me divertía ver los personajes que componen la fauna de una gran ciudad. Fauna de la que yo también formaba parte, demás está decirlo.
De pronto un sonido me espabiló y me puso en alerta.
Yo sabía de dónde provenía. Mi subconsciente lo había guardado, escondido bajo siete llaves, pero ahí estaba. No podía confundirme.
Giré bruscamente y la vi. El sol jugueteaba con su cabello dorado como aquella vez y se movía con la elegancia y la cadencia que yo le recordaba. Caminaba entre las mesas del bar directamente hacia donde yo estaba.
¿Podía el destino jugar con la vida de las personas de esa manera? ¿Era eso posible?
De un lateral, paralelo  a ella apareció un hombre. Ella lo saludó con un beso y dos niños corrieron para tomarse de esas piernas perfectas, largas, esbeltas.
El la tomó de la cintura y los cuatro se alejaron riendo y jugando por la ancha avenida.
Me recosté en la silla, bebí lo que me quedaba del café de un solo sorbo y llamé al mozo para pagarle.
Me levanté y lentamente caminé en sentido contrario.
Pensé: es la vida.
Y sin agregar una palabra descendí por las escaleras del subte, que me llevaría rumbo a mi departamento.
Antes de desaparecer por la boca del túnel me volví para mirar. Ya no se los veía, La gente iba y venía, cada uno enfrascado en sus preocupaciones.
Entonces sí, descendí, pasé el molinete y me paré en el borde del andén a esperar el tren.



EL ESCAPE

EL ESCAPE

Don Máximo se levantó como todas las mañanas, bien tempranito, y corriendo, como pudo, las ollas desparramadas por la cocina, puso a calentar la pava para que desayunara el resto de la familia. Acomodó los cajones de los cubiertos que, como el nombre lo dice, estaban cubiertos de restos de la comida del día anterior, o tal vez del anterior del anterior, y los colocó en su lugar. Encendió la estufa esquivando la ropa que habitualmente colgaban frente a ella, a modo de embanderamiento del comedor. Volvió a poner en su lugar el cucarachicida que como un trofeo lucía sobre la mesada y con un silbo entre los dientes se dispuso a llamar un remis.
A pesar de la fina llovizna y de los escasos 5 grados (Sensación térmica 2.8º) estaba contento, hoy le tocaba ir a hacer gimnasia recuperatoria. Si, recuperatoria, porque, a pesar de su buena voluntad, el corazoncito había dado algunas señales de cansancio y la familia, preocupada, lo había internado, y un médico, que arrastraba con gran dificultad su mochila cargada de conocimientos, había indicado que, aunque no padeciera de nada importante, igual tenía que hacer la infalible gimnasia recuperatoria. Y como eso hacía feliz a su querida familia, pues bien, allí iba Don Máximo sin decir palabra.
No quería molestar y como a esa hora todos dormían, lo más lógico era llamar un remis. Para eso estaban. Nadie perdía su reparador sueño y el señor remisero ganaba unos pesos, que buena falta le debían hacer.
Se tomó su tiempo, ya que si llegaba demasiado temprano lo ponían a pedalear. Sin sentido, pero como para que creyera que estaba haciendo algo. De cualquier manera llamó con tiempo de sobra. Intentó con los números habituales pero, lamentablemente, una voz seca, del otro lado, le respondió que a esa hora no había remises. Recurrió a los números de reserva y en una larga lista leyó “Remises Paraíso”. ¡Qué lindo que le sonó! Llamó optimista y se le dio. Del otro lado una señorita muy amablemente le preguntó la dirección y hacia donde iba y con la misma solicitud exclamó: “Ya se lo envío”.
Máximo esperó. Miró por la ventana. Vio pasar el tiempo. Vio pasar la gente que apuraba para su trabajo. Vio pasar muchísimos autos… pero ninguno era el remis esperado.
Cuando juzgó que había transcurrido demasiado tiempo, más aún, ya iba a estar llegando indefectiblemente tarde, decidió volver a llamar para anular el pedido. Del otro lado la señorita, sin modificar el tono de su voz, le respondió: “En realidad me felicito por no habérselo enviado ya que usted no es cliente”.
Quedó desorientado. La respuesta le produjo una sensación de angustia y frustración. No pudo argüir nada. Dio las gracias y colgó.
Decidió que aún podía intentarlo por las suyas y, sin pensarlo dos veces, se sumergió en la fría llovizna y caminó lo más velozmente que pudo en dirección al Club, donde debía realizar su gimnasia de recuperación.
Fue esquivando charcos y barriales. Veredas rotas y baldosas flojas. Finalmente pudo ver, recostado en el cielo gris, la imagen de la entrada del Club. Decidió peinarse. La lluvia le había desacomodado el cabello y descubrió, con disgusto que, por un pequeño agujerito de su pantalón se le había escurrido el peine que habitualmente lo acompañaba.
-              Lástima, era un recuerdo – pensó casi en voz alta.
Maldijo por lo bajo y se acomodó los pocos pelos que le quedaban con los dedos, justo cuando llegaba a la entrada principal.
Subió los cuatro escalones con decisión y empujo la puerta. Ésta permaneció cerrada a pesar de los repetidos intentos.
Se inclinó y pudo divisar a una señorita que, tranquilamente, trabajaba en una oficina contigua y que lo estaba mirando. Le hizo señas. Entonces la niña se levantó y se dirigió al interior donde habló con alguien que, evidentemente, era el encargado de las llaves del “reino”.
Lo vio venir con gesto de mal humor, pero no habiendo otra alternativa decidió esperar. El joven, que debía ser un ordenanza, abrió las dos puertas. Cuando Máximo  entró saludó, sin que nadie respondiera a su saludo, preguntó si había alguna otra entrada que él no conociera. “Por ahí” señaló el muchacho con un ademán de su cabeza y sin agregar ni una palabra más.
Apuró el paso, subió las dos escaleras hasta alcanzar el gimnasio, pero cuando llegó encontró que ya todos estaban de salida. Miró con desazón al profesor quién, abriendo los brazos, le dio a entender que su tiempo había pasado. Escuchó cuando le gritaba “¡Lo siento, viejo lobo de mar. Nos vemos el jueves!”…
No importa, pensó Máximo, “de cualquier manera el ejercicio lo hice igual. Caminé desde casa hasta aquí y ahora de vuelta”.
Se dirigió hacia la avenida del puente y como el caminar velozmente lo había cansado decidió tomar un jugo en la Estación de Servicio que le quedaba de paso.
Se dirigió directamente hacia los grandes refrigeradores que ocupaban la pared del fondo y eligió una bebida sin gas. Miró distraídamente las góndolas repletas de galletitas y golosinas, pero él sabía que eran fruto prohibido. Fue hasta la caja y la niña encargada le extendió el ticket. En ese momento se dio cuenta de que las monedas que había guardado para el remis, y que ahora le iban a servir para comprar la bebida, se le habían escurrido por el mismo agujero por donde había perdido el peine. El mismo bolsillo. El mismo agujero. ¡Y la reputísima madre que me parió!
Balbuceó unas palabras ininteligibles a modo de explicación, devolvió la botella al refrigerador, y salió calladamente, tratando de minimizar el papelón. A pesar de que la niña le repetía que no tenía importancia, que sucedía con suma frecuencia y otra cantidad de cosas que no quiso escuchar.
Caminó ensimismado, metido en sus pensamientos, maldiciendo por lo bajo.
Así caminando cruzó las vías, pasó por debajo del puente y caminó por la vereda de la villa.
Algo punzante se le clavó en las costillas
         -     ¡Largá todo lo que tenés, viejo de mierda! –
Le causó gracia. Justito ahora que no tenía un puto mango.
Y eso fue, precisamente, lo peor.
El primer golpe fue entre el hombro y la cabeza. Cayó por el mismo impulso del culatazo. Los golpes que siguieron le recorrieron la totalidad de su humanidad. Puntapiés, puñetazos y lo que viniese. Ya no le importaba.
-              ¡Para que aprendas a salir con guita… forro! –
Todo cesó de golpe como había empezado.
Había cerrado los ojos y tardó un rato en volver a abrirlos.
No había nadie.
Se enderezó como pudo y tambaleándose caminó hasta su casa.
Por suerte no quedaba muy lejos.
En el camino se fue reponiendo.
Llegó al umbral y tocó el timbre con desesperación.
Después de unos minutos volvió a repetir la operación.
Recién allí oyó la voz de la hija que semidormida se asomaba por la puerta.
-              ¿Se puede saber que te pasa? – protestó - ¿Otra vez te olvidaste las llaves? –
-              Abrime… por… favor –
Tuvo que esperar un buen rato hasta que la hija volviera con las llaves y le abriera.
Cuando lo pudo ver bien quedó anonadada.
-              ¿Qué… que te pasó?, ¿Te caíste? –
Apenas si pudo contar lo sucedido… desde el comienzo.
Y ese fue el detalle que faltaba.
El complemento perfecto.
La frutillita del postre.
La hija empezó a gritar como desaforada. Parecía una poseída. Insultaba a los villeros, a los remiseros y a cuanto santo se le cruzaba por el camino.                                       
A los alaridos de la mujer comenzaron a acercarse los  vecinos.
Los primeros preguntaron qué sucedía. Los segundos se enteraron por los primeros.
-              Si, lo asaltaron los de la villa porque no vinieron los de los remises –
-              Si, los de los remises no lo quisieron llevar y lo asaltaron –
-              Si, los de los remises lo llevaron y lo asaltaron –
-              ¡Fueron los de los remises “Paraíso”! –
-              ¡Es cierto… Siempre hacen lo mismo! –
-              ¡Es hora de terminar con esto! –
-              ¡Vamos todos, vamos! –
La multitud que rápidamente se había juntado ya no escuchaba razones.
Alguien dio la orden y allí se fueron, armados de palos y piedras, en busca de los causantes de tal desgracia.
Los del “Paraíso” los vieron venir pero no entendieron que sucedía.
Cuando tomaron conciencia la remisería ya no existía.
Los vidrios del local destrozados. Los muebles en la calle. Los autos abollados y uno volcado de lado.
Sobre el cordón de la vereda la telefonista lloraba desconsoladamente.
Como una manga de langostas, llegaron, destruyeron, desolaron y se fueron.
Y se fueron con la satisfacción del deber cumplido.
Marchaban entrechocándose, inventando cánticos, que todos coreaban casi con furor.
De esta manera llegaron a la casa de Máximo, donde su hija seguía gritando e insultando a todos cuanto componían “esta podrida sociedad corrupta, que no le daba aumento de sueldo desde hacía más de diez años, pero que alimentaban sus bolsillos y disfrutaban en Punta del Este, mientras ella no se había podido tomar ni siquiera unas miserables vacaciones”.
Llegaron, como dije, y así en masa entraron en la casa por el portón lateral.
Los alaridos se unían al sonido estruendoso del bombo que había salido quien sabe de dónde, pero que acompañaba los cánticos con una profesionalidad envidiable.
Felices entraron todos… bueno… todos no… se había juntado tal cantidad de gente que ocupaban completamente el ancho de la calle y, por supuesto, era imposible que todos pudiesen entrar.
Estaban los vecinos que habitualmente se entremetían en todo lo que les concernía y no les concernía, los civiles “representantes” del clero, gente que pasaba y fundamentalmente los componentes de la villa, posiblemente hasta el mismo que lo había asaltado, y que no dejaban pasar oportunidad para demostrar su odio hacia la sociedad que los tenía marginados y de paso garrapiñar alguna cosita que nunca estaba de más.
Una cucarachita… una miserable cucaracha fue a cruzarse justo frente la turba embravecida.
Un silencio mortal se extendió por la multitud.
Los que encabezaban la caravana se quedaron mirando con detenimiento el recorrido del insecto. Parecía que el tiempo estaba suspendido salvo para el bicho, que se movía parsimoniosamente ignorando la expectativa que había suscitado.
-              Mi… miren eso… - Exclamó quien parecía haber tomado la conducción del grupo.
Los demás miraron pero no entendieron que era lo que sucedía. Uno de los que estaba en primera fila estiró el pie y aplastó a la pobre cucaracha que se desparramó por el piso con un crakeo característico.
-              ¿No se dan cuenta? – escupió el primero - ¿No ven la mugre que hay acá? –
-              ¡Uhhhhh! – la exclamación fue unánime.
-              ¡De aquí sale toda la porquería que nos infecta el barrio! –
-              ¡Ahhhhh! –
                     -         ¡Esto es un basural… un raterío… un nido monstruoso de cucarachas!... –
-              Es cierto – comentaron algunos
-              ¡Qué asco! – remarcaron otros.
-              ¡Uffffff! – repitió la mayoría.
-              ¡Esto no puede ser! – Se envalentonó el cabecilla - ¡Esto no puede quedar así! –
No hizo falta repetirlo. Voló una antorcha que en medio de la basura se expandió en forma explosiva, iniciando un incendio que rápidamente se extendió entre las múltiples artefactos inútiles acumulados sin ton ni son.
Los de atrás pugnaron por entrar y las puertas cayeron casi sin ruido porque fueron arrastradas por la oleada humana que avanzó destructiva, avasalladora.
La furia justiciera penetró hasta los cimientos.
Algunos corrieron llevando un televisor o una vieja video casetera. Otros, la gran mayoría, destruyeron meticulosamente cuanto había por romper. Los vidrios estallaron, salpicando el espacio, ya sea por los golpes ya por el fuego que acaparó cada rincón hasta hacerse dueño y señor de la escena.
Cuando llegaron los bomberos prácticamente no quedaba nada. Restos humeantes de lo que había sido una orgullosa residencia a pesar de los secretos que escondía. Los techos habían caído sobre la cerámica italiana que se partía por el calor abrasador.
La hija seguía gritando y gesticulando… y así se la llevaron.
Los últimos “vecinos” se escabullían apretando contra su pecho alguna que otra chuchería que habían logrado sustraer.
Como siempre todos formaron un semicírculo para ver “trabajar” a los arriesgados servidores públicos.
Como había poca presión el agua salía conformando un hilo miserable. Pero no importaba… quedaba muy poco por hacer… y, a decir verdad, a nadie le interesaba.
Comenzó como un pequeño resplandor. Una tenue fosforescencia que no podía verse. Se sentía. Diría que era tan sutil que más que sentir se presentía.
Parecía venir del fondo de lo que fuera la casa.
Fue creciendo, entremezclándose con las columnelas de humo que escapaban de entre los escombros, hasta que finalmente lo invadió todo, iluminando hasta el último rincón.
  Las caras asombradas de los presentes se habían teñido del marfil amarillento que resbalaba por los frentes de las casas vecinas, por los naranjos que florecieron al unísono y hasta por la villa que pareció menos villa, más humana, más….
-              ¡Va a estallar! – Gritó alguien. Y todos se protegieron cubriéndose los unos con los otros.
Pero no pasó nada.
Esperaron un poco más… y no pasó nada.
Lentamente los más curiosos se fueron acercando.
Los demás los siguieron por detrás.
Y allí en un hueco del terreno, donde “milagrosamente” no había llegado el fuego, yacía sobre su reposera, con los ojos bien abiertos, mirando a un cielo que se abría paso entre las nubes… digo… yacía Don Máximo.
Su rostro transmitía tanta paz que hasta algunas viejas se arrodillaron y otros se hicieron la señal de la cruz.
Don Máximo sonreía y en su sonrisa se alborotaba el aire cargado de luminosidades.
Nadie supo entender que sus ojos apuntaban a un cielo al que no sabía si pertenecía, pero lo que si era seguro, tan seguro como que le valía la sonrisa, había escapado del infierno.
Una ceniza dio un giro y empujada por una brisa caprichosa revoloteó sobre la muchedumbre y se perdió quien sabe donde.
En ese momento comenzó a llover.


Alberto Osvaldo Colonna
Junio. 2005

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          

lunes, 19 de enero de 2015

COMO TODOS LOS DIAS

COMO TODOS LOS DIAS
Terminó de tomar su café y sistemáticamente lavó la taza.
Era casi un ritual. Le gustaba levantarse temprano y comenzar su día sin apuros y meticulosamente. Era, tal vez, era algo obsesivo en ese punto.
Pero le encantaba disfrutar del silencio, de la tranquilidad que le daban esos minutos en que todos dormían.
No era que le molestaran. Amaba a su familia. Sino que le gustaba tener ese tiempo para él.
El fresco de la mañana, la serenidad, lo ayudaban  a pensar mejor. A recapacitar sobre sus cosas, a planificar con total serenidad.
A veces se sentaba frente a su computadora. Tecleaba distraídamente. En muchas ocasiones sin buscar nada. Simplemente recorría sus archivos, las viejas cosas guardadas, los cuentos o poemas de tiempos anteriores. Y luego la apagaba satisfecho. Como si hubiera recorrido una parte olvidada de su vida.
Otras abría silenciosamente la puerta que daba al jardín y se detenía por largos espacios de tiempo a contemplar sus plantas u observar las evoluciones del algún abejorro, y a veces de los colibrís, que solían esporádicamente revolotear atraídos por el colorido de una variedad increíble de flores que el mismo se encargaba de plantar y regar meticulosamente cada día.
Despertaba a su esposa a determinada hora, lo suficientemente cómoda para que se duchara y se maquillara con tiempo, mientras él le iba calentando el desayuno.
Un poco más tarde llamaba a los chicos para que se prepararan para ir al colegio.
Siempre con una sonrisa, con una buena frase, a veces con algo gracioso, procurando que todos estuvieran de buen humor. Cosa que no siempre conseguía.
Sin embargo el repetía su ritual todos los días.
Los vecinos lo apreciaban porque era el tipo más tranquilo del barrio, y por carácter transitivo, lo era su familia. Nunca se quejaba, muy por el contrario era solidario con quien lo necesitara, aunque no tenía por costumbre compartir demasiado con la gente de los alrededores. Saludaba a todo el mundo y todos lo saludaban.
Acostumbraba a llevar a cada uno a sus lugares de trabajo (él consideraba que el colegio era un equivalente del trabajo) y los iba dejando en el horario oportuno para luego dirigirse al suyo, en el zona de la citi.
Su esposa atendía un local en una galería del centro y sus dos hijos concurrían a un colegio de la zona de bastante buena reputación. Los chicos entraban a la mañana y hacían doble turno. Y a pesar de que él siempre estaba esperándolos a la hora de la salida, cuando podía los buscaba al mediodía y los llevaba a almorzar, la mayor parte de las veces pasando por el negocio de la madre, de tal manera que compartiera toda la familia. Y todos juntos era una fiesta.
Trabajaba en una dependencia del estado, una oficina de esas perdidas en el laberinto que es una especialidad típica de la burocracia. Se dedicaba a apilar archivos que nadie volvía a tocar, se comunicaba con distintos puntos del intrincado entretejido de secretarías y sectores dependientes de esas áreas, a la vez que recibía indicaciones de lugares en los que nunca había estado ni esperaba conocer.
Llegaba, leía la noticias del día en el diario que siempre lo esperaba sobre su escritorio, y mientras tomaba un café, habitualmente quemado, pero que formaba parte de su rutina, abría su computadora y previo colocar una clave que él solo conocía, se dedicaba a recorrer archivos, registrar datos que guardaba en su memoria pero que nunca imprimía.
La rutina se repetía día tras día. Nadie entendía muy bien en qué consistía su trabajo. Hasta sus jefes lo ignoraban. Era un vericueto más en ese gigante de idas y venidas que suelen armarse en las dependencias públicas. Pero él prefería que fuera así. Nadie le prestaba atención. Prácticamente no existía, lo que le daba la libertad suficiente para manejar su tiempo. De allí las múltiples veces que podía buscar a sus hijos y a su mujer para disfrutar de un almuerzo juntos.
Se lo veía feliz.
Ese día tuvo algo diferente. Era muy esporádico pero sucedía a veces. Una alarma en su teléfono le avisó que había otras instrucciones. Tecleó en su computadora y abrió un programa que pedía una contraseña. Escribió unos números y una frase y solo apareció: “1409/N”. No necesitaba más. Para eso servía su memoria.
Cerró el programa y sin modificarse en lo absoluto siguió haciendo su trabajo. Alguien que fuera muy observador hubiera descubierto cierto gesto como de satisfacción en su rosto y en sus actitudes, pero nadie le prestó atención.
Fue a buscar a los chicos y, junto con su esposa, fueron a un patio de comida cercano. Compartieron el almuerzo en familia. Posteriormente devolvió los hijos al colegio. Antes de despedirse de su esposa le explicó que hoy llegaría algo retrasado a casa. Tenía mucho trabajo en la oficina y estaba levemente demorado. Le recomendó que no lo esperara para cenar. Si se le hacía muy tarde que se acostara que el llegaría lo antes posible. “Sabés como es esto, puede surgir algo inesperado y a veces es muy difícil calcular el tiempo”. Ella asintió.
Salió de su trabajo a la hora de costumbre, pero esta vez no se dirigió hacia su casa. Tomó una calle lateral y encaró hacia la zona de la terminal de los ferrocarriles. Estacionó en un pasaje y caminó con decisión por una vereda oscura. A media cuadra se distinguía titilante un cartel que rezaba “Hotel familiar”.
Entró silenciosamente. El portero como siempre no estaba. Probablemente dormía su borrachera en alguna de las habitaciones de la planta baja. Fue hasta el primer piso y sin hesitar abrió el cuarto 2C.
Cerró la puerta y recién entonces encendió la luz.
Fue hacia un armario y simplemente tomó un bolso que estaba en el piso.
Salió tan silenciosamente como había entrado. Igual que en la oficina. Un ser inexistente, insignificante. Sonrió.
Caminó unas cuadras y entró en la gran Estación Central del Ferrocarril. Se dirigió a la entrada del subterráneo. Colocó la tarjeta y subió a la primera formación. Recorrió las dos primeras estaciones e hizo combinación con una línea paralela. Con ella llegó al final.
Subió la escalera principal. La gente se agolpaba ya que era la hora de la vuelta del trabajo. En el tumulto era uno más que cargaba un bolso de un color poco notable. Salió hacia la derecha y caminó tres cuadras.
Estaba en un barrio residencial. De esos que suelen aislarse a pesar de estar en el centro de la ciudad.
Cercano a una calle sin salida. (Es sabido que esos barrios suelen tener recovecos que dificultan exprofeso el tránsito) había un auto estacionado. Se dirigió a el sin dudarlo, se calzó unos guantes que traía en el bolso y tanteó la puerta del acompañante. No estaba cerrado.
Bajó la luneta y tomó un sobre. Luego fue del lado del conductor y abrió el baúl. Extrajo de allí un mameluco negro y se enfundó en el. Corrió el cierre cubriéndose hasta el cuello y subió la capucha. Las sombras proyectadas por las farolas le ocultaron la cara.
Se movió con una rapidez poco probable en un oficinista. Trepó velozmente por una pared lateral. Un perro ladró a lo lejos pero él sabía que no era por sus movimientos. Se deslizó por los techos con una agilidad felina y llegó hasta una casa que estaba en el centro de la manzana.
Miró por el borde del tejado. El guardia en la caseta dormía plácidamente. Sonrió.
Se deslizó por una saliente y colgado como estaba sacó unas pinzas de su bolsillo izquierdo y sin dudarlo cortó unos cables que estaban disimulados en una saliencia de la pared.
Sabía que a partir de ese momento contaba con 7 a 10 minutos máximo. Le sobraba el tiempo. Al seccionar el cable de la alarma con seguridad vendría alguien en una moto a inspeccionar por si ocurría algo, pero generalmente la respuesta no era inmediata.
Sacó una pequeña sopapa, la adhirió al vidrio de la ventana que daba al comedor e hizo un corte circular. Traccionó y produjo el orificio que necesitaba. Introdujo su brazo y con toda simpleza abrió la ventana. Se descolgó hacia el interior. No produjo el menor ruido.
Su memoria le permitía reconocer cada recoveco de la casa. Se movió con seguridad.
La puerta del dormitorio esta entreabierta.
Bajo algo el cierre y sacó un arma de grueso calibre. Un largo silenciador le daba un aspecto más siniestro todavía.
Entró sin hacer ruido.  Cerró la puerta.
No previó el ruido de la cerradura. ¡Clack! Retumbó en el silencio de la noche. “me estoy poniendo viejo, pensó”.
Evidentemente la mujer tenía el sueño más liviano. Se enderezó bruscamente en la cama
“Qui… quien” y eso fue todo. Un pequeño ruido sordo y una mancha roja comenzó a agrandarse en medio de la frente.
Saltó con una rapidez increíble y cuando el marido quiso reaccionar le colocó una almohada sobre la cara y casi simultáneamente repitió el disparo.
El hombre hizo una contorsión. Un pequeño sacudón y eso fue todo.
Quito la almohada para asegurarse de haber cumplido con su cometido. Guardó el arma. Levantó el cierre y volvió a salir por donde había entrado.
Controló por las dudas pero el vigilante seguía descansando plácidamente.
Llegó hasta el auto, dejó las cosas en el baúl, incluida el arma que había traído en el bolso y se alejó caminando serenamente. Las sombras de los tilos que tapaban a luces de la calle lo ocultaban de alguna manera.
Llegó al subterráneo y realizó el camino inverso. Desde el mismo lugar, y antes de salir, se dirigió a un teléfono público. Llamó a un número local y del otro lado le respondió la voz metálica de un contestador. Esperó que pasara el mensaje y exclamó “Perdón, número equivocado” y cortó. Evidentemente era una clave.
Esta vez no entró en el hotel. Fue en busca de su auto. Se acomodó el cinturón de seguridad. Puso un CD en la disquetera. Una música suave se desparramó invadiendo la atmósfera fresca,  confortable, de un buen vehículo.
Se dirigió a su casa. En su cara se adivinaba un dejo de felicidad. Se sentía bien.
Llegó y entró sin hacer ruido, sin embargo su mujer lo estaba esperando despierta mirando televisión.
La saludó con un beso. Se cambió rápidamente y  se acostó junto a ella.
“¿Mucho trabajo?”
“No más que el de costumbre”.
Se acomodó al lado de su esposa y le pasó el brazo por los hombros. Ella se apretó contra él.
Terminaron de ver la película que estaban pasando en el canal 41.
Ella le dijo: “Me voy a dormir, mañana tengo un día movido”
“Hasta mañana mi amor” respondió él, dándole un largo beso.
Se arrebujó en la cama y mientras esperaba la llegada del sueño reparador sonrió, y pensando, casi en voz alta, se dijo: “¡Qué suerte el poder trabajar en lo que a uno le gusta”.
Cerró los ojos y se quedó dormido.

Alberto Colonna

Enero del 2013

LA ELECCIÓN

«LA ELECCIÓN»

   Miró hacia ambos lados  y, con un hábil movimiento, forzó la cerradura, que, vieja y amojosada, no presentó demasiada  resistencia. Se introdujo rápida y sigilosamente y sin dudarlo se dirigió hacia la escalera, a la derecha del hueco del ascensor.
   Subió los escalones de dos en dos hasta llegar al quinto piso.
   Miró el pasillo, en semi penumbra, y con seguridad caminó hacia la tercera puerta. Lo había repasado tantas veces en su mente que, aunque nunca había estado allí, todo le resultaba familiar.
   Era un día brillante y la luz que entraba por los amplios ventanales lo obligó a entrecerrar los ojos. Parpadeó con fuerza. Descargó el bulto que traía colgando de su hombro derecho sobre un sillón desvencijado y se acercó a la ventana más próxima. Desde allí contempló el movimiento de la calle. Tal como lo había previsto dominaba la totalidad del recorrido de la amplia avenida que se extendía al frente del edificio. Casi sin prestarle atención vio las banderas onduladas por una brisa suave pero persistente que hacía más agradable la jornada. De a poco la gente se iba aproximando buscando la mejor ubicación, pero aún faltaba bastante. Había llegado con el tiempo suficiente como para no tener ningún tipo de sobresaltos.
   El sol pegaba de pleno sobre su cara y le transmitía una confortable sensación de calidez, pero él no estaba para esas cosas. Trajo el equipaje hacia la ventana, lo abrió, miró su contenido y lenta y parsimoniosamente inició la ceremonia, tantas veces ensayada, de ensamblar las piezas.
   Sabía que solamente tenía que esperar el momento oportuno. El transmisor descansaba en el piso cerca de su mano izquierda. Por allí vendría la orden. El sólo tenía que obedecer... Como siempre... Sin pensar... Solo hacer lo que le mandaban...
   Toda su vida había sido de esa manera...
- ¡Yo... Yo!... ¿Puedo elegir el equipo yo? ¿Puedo pisar? –
           - ¡Tomátelas, pibe!... Sos muy chico para eso... No jodás. ¿Querés? –
Claro que cuando tuvo la edad que los demás le exigían ya no estaba para jugar a la pelota:
        - Tenés que ir a laburar... Acá vagos no mantenemos... ¿Me entendiste? – Le dijo su viejo mientras destapaba una cerveza.
           - Don José – Completó su madre - te está esperando en el supermercado... Necesita un pibe para hacer los mandados... Ya hablé con el... –
Y allí había ido, sin preguntar como ni por qué, a trabajar desde pequeño.
Aprendió a obedecer órdenes desde el vamos. – Limpiá el corredor cinco... Llevá la mercadería al depósito... Acompañá a la señora hasta el auto... etc., etc. –
En el escaso tiempo que le quedaba libre le pasaba lo mismo. El grupo de “amigos” que solía reunirse en la esquina cercana al bar, ya tenían su estructura establecida... y el no encajaba... Trataba de quedar bien, y entonces le daban órdenes... lo mandaban a hacer las cosas que a ellos no les gustaba... y el obedecía como una manera para ser aceptado dentro del grupo... ¿Qué más podía hacer?
Justamente esa fue la causa por la que quedó pegado y le costó todos esos años... Terribles  años de tortura... – Llevale la merca al “Pollo”- Le indicaron. El sabía en que se metía, pero era una orden, tenía que cumplirla... Cuando le dieron la voz de alto trató de correr pero fue inútil... Por supuesto que no deschavó a nadie. Le ofrecieron disminuir la pena si colaboraba, pero el no podía elegir, tenía que respetar los códigos, aun cuando estos no estuvieran bien...
Le dieron cuatro años... Los peores cuatro años de su vida...
          Trató de no pensar... La ley de la supervivencia... Y el siempre en el mismo papel: obedecer, obedecer, obedecer... Cerró los ojos con fuerza... Un dolor extraño lo sacudió desde lo mas profundo... con lágrimas en los ojos recordó los únicos tiempos de paz que tenía cuando entraba un tímido rayo de sol por el miserable hueco de su celda... le pareció sentir el calor acariciándolo... igual que el sol que ahora entraba por el ventanal dándole una sensación de bienestar que hacía mucho no experimentaba.
   Se asomó lo suficiente para ver que abajo, en la calle, ya la gente se agrupaba en ambas aceras. Se adivinaba la agitación y el bullicio. Era evidente que faltaba poco.
   Los únicos que lo habían defendido cada vez que la estaba pasando mal fueron los del Grupo. Primero se le acercaron con cautela, y cuando estuvieron más seguros le hablaron para incorporarlo. Entendió que esa era la única manera de sobrevivir en ese mundo de fieras y no lo dudó.
   En un principio simplemente lo fueron adoctrinando. Le explicaron en que consistía el Grupo, le dijeron cuales eran sus objetivos y como pensaban lograrlo. Mucho no entendía pero comprendió que era la mejor forma de pasarla bien y que los otros no lo molestaran. Poco a poco le fueron asignando tareas, que el cumplió de la única manera que sabía hacerlo: obedeciendo...  simplemente obedeciendo y sin preguntar.
   Cumplió con todo lo que le indicaron, mansamente... Los del Grupo... los guardiacárceles... los otros presos... Pero eso le valió que por su buena conducta se le redujera la pena... Quedó en libertad bastante antes de lo previsto...
   Cuando estaba listo para  salir, sus protectores, lo llamaron y le dieron una dirección... Debía contactarse con la gente de afuera. Allí le habrían de decir que hacer.
   Durante el tiempo que había pasado en la penitenciaría no había recibido una sola visita. Su familia, sin decir nada había dado la orden que él debía obedecer... No vuelvas más... Estamos mejor sin vos... Cumplió, sin dudarlo se dirigió hacia donde le habían indicado.
   Allí lo recibieron y en cierta manera lo protegieron. Le dieron ropa nueva, volvió a comer un plato caliente y le asignaron un sitio en donde dormir... Poco a poco le fueron dando distintas ocupaciones, tareas a cumplir, que fueron creciendo en responsabilidad, y que el ejecutó como estaba acostumbrado, sin fallas, obedeciendo las instrucciones al pie de la letra.
   Un buen día lo llamaron, y él adivinó que algo especial estaba por suceder.
   Lo llevaron a un edificio céntrico, lo acompañaron por unos pasillos alfombrados hasta llegar a una oficina donde lo dejaron solo. Recordó la sensación que le produjo el estar parado en medio de tamaña habitación, con muebles que debían valer una fortuna. Calculó que con solo la cuarta parte de lo que allí había podía vivir cómodamente el resto de su vida.
   No pudo elaborar mucho más. Un hombre de rostro amable y distendido entró por una puerta lateral y fue directamente a saludarlo como si lo conociera de toda la vida. Lo llamó por su nombre... Era evidente que lo conocía... Luego lo invitó a sentarse.
   Hablaba con suavidad y pronunciaba cada palabra con claridad, como para que no quedaran dudas de lo que estaba diciendo. Le contó que lo habían estado observando. Que su comportamiento había sido ejemplar y que por ese motivo había sido seleccionado entre muchos para cumplir con la misión más importante que el Grupo podía asignar a persona alguna.
   También recordó que en ese momento, cuando supuestamente tendría que haberse sentido orgulloso, o por lo menos halagado, permaneció indiferente y solo asintió con la cabeza.
   Le explicó, entonces, en que consistía tamaña responsabilidad, le preguntó si la aceptaba, y él supo que tenía que decir que si.
   Lo llevaron de inmediato a otro sitio del edificio. Un lugar mucho más sombrío y sobrio que la oficina que acababa de dejar. Un grupo de hombres y mujeres lo estaban esperando. Rápidamente, con precisión militar le dieron las instrucciones, y finalmente le entregaron una especie de bolso alargado que colgó sobre su hombro sin hacer ningún tipo de pregunta.
   El día prefijado pasaron a buscarlo y sin intercambiar una palabra lo dejaron en la puerta del edificio en donde ahora se hallaba.
   Abajo el bullicio se había incrementado, los chicos y algunos adultos agitaban banderitas y se apretujaban para ver la caravana de vehículos que se aproximaba por el extremo de la avenida.
   Tal como se le había indicado encendió el transmisor y extendió la antena. Una vez completada su tarea volvió a la ventana y esperó.
   La limosina descapotada avanzaba lentamente. El hombre de pié saludaba con los brazos en alto hacia uno y otro lado.
   Advirtió el desplazamiento de la gente de la custodia que, con nerviosismo, trataba de cubrir todos los rincones. Sonrió con suficiencia y se inclinó para apuntar mejor.
   La mira telescópica le acercó el rostro del hombre de la limosina. Lo vio sonriente, despreocupado, feliz entre la multitud que lo aclamaba entusiasmada.
   Sabía lo que tenía que hacer.
   Las delgadas líneas en cruz se centraron en la frente, el dedo índice oprimió firmemente el gatillo. Observó la cara distendida, lo sintió confiado... sin sospechar lo que iba a sucederle...
   Las órdenes no admitían dudas...
   Un zumbido en el transmisor le indicó que del otro lado estaban a la expectativa.
   El auto se detuvo por un instante y él supo que ese era el momento... apuntó apenas un poco mas abajo, justo en el entrecejo y...
-          ¡Pum!- Exclamó y una sonrisa le iluminó el rostro.
-          ¡Pum, pum! – Gritó y estalló en una carcajada que a él mismo lo sorprendió... Hacía tanto que no se reía.
Apagó el transmisor antes de que del otro lado pudieran reaccionar.
   Desarmó meticulosamente el arma. La volvió a poner en el bolso. Con agilidad, como si se hubiera sacado un peso de encima,  salió de la habitación, bajó por la escalera de servicio y sin mirar para ningún lado dejó el edificio rápidamente.
   En un contenedor cercano abandonó el bulto, dobló en la esquina siguiente y cruzando hacia la vereda iluminada por el sol se alejó sin saber hacia donde.
   Se descubrió canturreando una canción que alguna vez había oído... y entonces se dio cuenta que por primera vez en su vida no había obedecido...  Como nunca lo había hecho antes había tomado una decisión... El había elegido que hacer con su vida... El... Exclusivamente él y nadie más...
   A lo lejos se escuchaban los sonidos apagados del desfile que continuaba discurriendo por la avenida.
   Suspiró con satisfacción y levantó su cara en dirección al cielo tratando de sentir con plenitud la calidez del sol.
   Sabía que se había metido en un lío del que no tenía la menor idea de cómo iba a salir... pero eso hoy no le interesaba... Una sensación jamás experimentada lo invadía y ninguna otra cosa podría modificarla... Se sentía feliz...